- Especialistas advierten sobre el impacto físico y emocional que enfrentan muchas madres cuidadoras y entregan recomendaciones concretas para resguardar su bienestar.
En los últimos días, las redes sociales han vuelto a abrir una conversación que miles de mujeres conocen de cerca: la carga invisible que implica criar y acompañar a un hijo o hija dentro del espectro autista. Historias compartidas por madres y cuidadoras han evidenciado una realidad que suele permanecer lejos de la mirada pública: jornadas sin pausas, múltiples responsabilidades y una permanente preocupación por el bienestar de sus hijos.
Esta situación no es menor. Estudios internacionales han demostrado que los cuidadores de personas autistas presentan niveles de estrés significativamente más elevados que otros grupos de cuidadores, además de una mayor prevalencia de ansiedad y síntomas depresivos.
Para Andrea Mira Olivos, directora del Observatorio de Neurodivergencias de la Universidad Andrés Bello, es fundamental comprender que detrás de cada proceso terapéutico, educativo o médico existe una persona que también necesita apoyo. “El cuidado suele recaer mayoritariamente en las madres, quienes coordinan tratamientos, reuniones escolares, controles médicos y actividades cotidianas, muchas veces compatibilizando estas tareas con su trabajo y las responsabilidades del hogar”, explica.
La experta agrega que esta dinámica puede generar un desgaste progresivo. “Cuando una persona permanece durante años en estado de alerta constante, comienza a postergar su propio bienestar. Vemos con frecuencia madres que aplazan controles médicos, descuidan el descanso o normalizan niveles de cansancio que ya están afectando su salud física y mental”, señala.
Frente a esta realidad, la académica de la UNAB enfatiza que el bienestar de los niños y niñas también depende del bienestar de quienes los cuidan. “Existe una idea equivocada de que una buena madre debe poder con todo. Pedir ayuda no es una señal de debilidad ni de falta de compromiso; es una estrategia de cuidado fundamental”, afirma.
Por ello, desde el Observatorio de Neurodivergencias de la UNAB recomiendan identificar redes de apoyo cercanas, aprender a delegar tareas específicas, prestar atención a señales como insomnio, irritabilidad o dolores persistentes, mantener hábitos básicos de alimentación e hidratación y reservar espacios, aunque sean breves, para actividades personales. “Nadie debería enfrentar el cuidado en soledad. Las madres necesitan acompañamiento profesional, validación social y redes capaces de sostenerlas. Cuidar a quien cuida es una responsabilidad de toda la comunidad”, concluye Andrea Mira.
Las claves
1. Pedir ayuda sin culpa: Delegar algunas tareas permite disminuir la sobrecarga y prevenir el agotamiento.
2. Construir una red de apoyo: Familiares, amigos, vecinos o agrupaciones de padres pueden transformarse en un apoyo concreto y emocional.
3. Escuchar las señales del cuerpo: Tensión muscular, cefaleas frecuentes, cambios de ánimo o problemas de sueño son alertas que no deben ignorarse.
4. Priorizar la propia salud: Asistir a controles médicos, alimentarse adecuadamente y respetar espacios de descanso es tan importante como cuidar a otros.
5. Reservar momentos personales: Leer, caminar, escuchar música o compartir una conversación pueden ayudar a recuperar energía y bienestar emocional.
“El cuidado sostenible solo es posible cuando quienes cuidan también son cuidados. No se trata de un privilegio, sino de una necesidad para la salud de las familias y de toda la comunidad”, concluye Andrea Mira.











