Por: Alejandro Urzúa – Analista económico FEN UNAB y OpenBBK
Durante meses, el comercio chileno vivió una situación poco habitual. Los argentinos cruzaban masivamente la cordillera para comprar en Chile aprovechando una diferencia de precios que, en algunos productos, hacía muy difícil competir. Vestuario, tecnología, electrodomésticos e incluso supermercados se beneficiaron de un fenómeno que llegó a convertirse en uno de los principales soportes de las ventas del retail, justo cuando el consumo interno seguía mostrando señales de debilidad.
Pero como todo fenómeno impulsado por el tipo de cambio, el auge tenía fecha de vencimiento. Hoy las condiciones son distintas. La brecha de precios se redujo, el peso argentino recuperó parte de su valor relativo y el incentivo para viajar exclusivamente a comprar perdió fuerza. El resultado ya comienza a observarse: menos turistas, menos compras y un comercio que vuelve a depender, casi exclusivamente, del consumidor chileno.
No se trata de una mala noticia en sí misma. Más bien, es una vuelta a la normalidad. Lo excepcional era que miles de personas cruzaran la frontera con el único objetivo de llenar maletas y regresar el mismo día. Lo normal es que el desempeño del comercio responda al comportamiento de la economía local y no a una distorsión cambiaria que, por definición, es transitoria.
Sin embargo, esta normalización deja una pregunta incómoda: ¿qué tan preparado está el comercio para crecer sin ese impulso extraordinario?
Durante el último tiempo, las ventas recibieron un apoyo que difícilmente podrá repetirse en el corto plazo. Mientras los argentinos sostenían parte importante de la demanda, quedó en segundo plano que las familias chilenas seguían consumiendo con cautela. El ajuste monetario, el mayor costo del crédito y una recuperación económica más lenta de lo esperado mantuvieron contenidos los niveles de gasto. Ese escenario no ha cambiado radicalmente.
Por eso, la disminución del turismo de compras obliga a mirar nuevamente los fundamentos. Si las ventas comienzan a desacelerarse, será porque el mercado vuelve a reflejar la verdadera capacidad de consumo de los hogares chilenos y no un fenómeno externo que elevó artificialmente algunos indicadores.
Tampoco conviene sobredimensionar el impacto. El turismo de compras nunca explicó el crecimiento de la economía chilena. Fue un factor positivo para el comercio, especialmente para el retail y algunos servicios asociados, pero su peso sobre el Producto Interno Bruto siempre fue acotado. Pensar que su desaparición cambiará el rumbo de la actividad sería exagerar su importancia.
La señal relevante está en otra parte. El episodio demuestra lo rápido que pueden cambiar los incentivos cuando dependen exclusivamente del tipo de cambio. Lo que hace un año parecía una ventaja permanente desapareció en pocos meses. Es una buena lección para las empresas, pero también para quienes analizan la economía: los ciclos impulsados por factores externos suelen ser tan intensos como breves.
El desafío ahora vuelve a ser el de siempre. Recuperar la demanda interna, fortalecer la confianza de los consumidores y generar condiciones para que el crecimiento del comercio dependa menos de circunstancias excepcionales y más de una economía capaz de sostener su propio dinamismo.
Porque, al final, el problema no es que los argentinos dejen de venir a comprar. El verdadero desafío es que los chilenos vuelvan a hacerlo con mayor fuerza.











