Resistencia a la insulina: el silencioso trastorno metabólico que avanza entre los chilenos

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Especialista advierte que cambios en los hábitos de vida han impulsado el aumento de esta condición, considerada la antesala de la diabetes tipo 2.
La resistencia a la insulina se ha transformado en uno de los problemas metabólicos más frecuentes en la población chilena. Aunque suele desarrollarse de manera silenciosa durante años, esta condición puede ser el primer paso hacia enfermedades crónicas como la diabetes mellitus tipo 2, patologías cardiovasculares y otras alteraciones asociadas al sobrepeso y la obesidad.
La resistencia a la insulina ocurre cuando las células del organismo disminuyen su capacidad de responder adecuadamente a la acción de la insulina, hormona encargada de permitir el ingreso de la glucosa a los tejidos para ser utilizada como fuente de energía. Como consecuencia, el organismo se ve obligado a producir mayores cantidades de insulina para mantener los niveles de azúcar en sangre dentro de rangos normales.
Según explica Alejandra Ponce, académica de Tecnología Médica de la Universidad Andrés Bello, sede Viña del Mar, diversos factores han contribuido a que esta condición se vuelva cada vez más común en Chile. «Al igual que otras sociedades occidentales, hemos experimentado importantes cambios en nuestro estilo de vida. Si bien existen factores genéticos que pueden predisponer a una persona, también hemos incorporado patrones de alimentación con exceso de calorías y baja calidad nutricional, además de una marcada disminución de la actividad física diaria», señala.
La académica de la UNAB agrega que el sedentarismo se ha instalado como una característica habitual de la vida moderna. “Los niños juegan mucho menos al aire libre que hace algunas décadas y los adultos presentan una alta dependencia del automóvil para trasladarse. A esto se suman los niveles de estrés permanentes y las dificultades para dormir adecuadamente, factores que favorecen procesos inflamatorios y alteraciones metabólicas que contribuyen a la resistencia a la insulina», afirma.
Señales de alerta
Uno de los principales desafíos es que la resistencia a la insulina suele no presentar síntomas evidentes en sus etapas iniciales. Sin embargo, con el paso del tiempo pueden aparecer algunas manifestaciones físicas que permiten sospechar su presencia. “Una señal frecuente es el oscurecimiento de ciertas zonas de la piel, especialmente en el cuello y las axilas. Esta condición se conoce como acantosis nigricans y puede ser un indicador importante de alteraciones metabólicas”, explica Ponce.
La bioquímica añade que también pueden aparecer pequeños crecimientos cutáneos conocidos como acrocordones. «Estos suelen presentarse en el cuello y las axilas. Además, el aumento del peso corporal y, particularmente, de la circunferencia de cintura constituyen señales de alerta relevantes, ya que reflejan una acumulación de grasa abdominal estrechamente vinculada a esta condición», indica.
Importancia del diagnóstico temprano
Detectar la resistencia a la insulina de manera precoz permite implementar cambios de hábitos antes de que aparezcan complicaciones mayores. Para ello existen distintos exámenes de laboratorio que ayudan a evaluar el funcionamiento metabólico del organismo. “Uno de los métodos más utilizados es el índice HOMA, que relaciona matemáticamente los niveles de glucosa e insulina en ayunas. Este indicador permite estimar la sensibilidad del organismo a la insulina y detectar alteraciones metabólicas tempranas», explica la académica de UNAB.
Asimismo, destaca que la medición de insulina basal en ayunas puede identificar esta condición incluso antes de que aumenten los niveles de glucosa. «El páncreas comienza a producir más insulina para compensar la pérdida de sensibilidad de las células. Por eso es posible detectar la resistencia antes de que aparezcan alteraciones visibles en la glicemia», señala.
Ponce agrega que otros exámenes complementarios también pueden entregar información relevante. «La resistencia a la insulina altera el metabolismo de las grasas, por lo que frecuentemente observamos triglicéridos elevados y colesterol HDL disminuido, cambios que también ayudan a orientar el diagnóstico», comenta.
Respecto de los controles, la especialista advierte que la frecuencia dependerá de la situación clínica de cada persona. «Cuando un paciente ha sido diagnosticado recientemente y está incorporando cambios en alimentación y actividad física, los controles pueden realizarse entre tres y seis meses. En personas que ya tienen un tratamiento establecido y parámetros estables, el seguimiento puede efectuarse de manera anual», concluye.
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