Formación de profesionales íntegros en Chile: convertir el aula de un trabajo individual a una comunidad

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Por: Daniela Muñoz Marín, académica Universidad Central sede Región de Coquimbo. 

La educación superior chilena se ha construido, histórica y culturalmente, sobre un supuesto profundamente arraigado: el éxito académico es esencialmente individual. El estudiante “capaz” avanza, resiste la presión y logra titularse; quien no lo hace, queda en el camino. Esta narrativa ha legitimado durante décadas la deserción, las trayectorias fragmentadas y un desgaste emocional silencioso que afecta a miles de estudiantes que no fracasan por falta de capacidades, sino por la ausencia de redes de apoyo reales, fenómeno que se ha normalizado hasta volverse invisible.

En este contexto, hablar de equipos de alto rendimiento colaborativos en educación superior puede parecer disruptivo, pero constituye una interpelación directa al modelo formativo actual. No se trata de sumar trabajos grupales, sino de cuestionar cómo entendemos la formación profesional y el rol del docente como figura formadora integral. La evidencia es clara: no todo grupo es un equipo, y no todo equipo es de alto rendimiento. Estos se caracterizan por metas compartidas, responsabilidad colectiva, confianza y aprendizaje sistemático a partir del error. En educación superior, esa meta no debería limitarse a aprobar asignaturas, sino a avanzar juntos hacia la titulación y el desarrollo profesional.

Cuando los estudiantes comprenden que su trayectoria no es una carrera solitaria, cambia profundamente la forma en que enfrentan la exigencia, la frustración y el error. Sin embargo, este cambio no ocurre de manera espontánea; requiere diseño pedagógico, acompañamiento docente real y una cultura institucional que valore la colaboración por sobre la competencia individual. Los equipos de alto rendimiento generan redes de apoyo académico y socioemocional que facilitan el aprendizaje, protegen la salud mental y favorecen la permanencia, aspecto especialmente relevante en un sistema como el chileno, marcado por estudiantes primera generación de su familia, presión económica y trayectorias complejas.

En este proceso, el rol del docente es clave, los estudiantes aprenden más de lo que ven que de lo que dicen. Un docente que promueve la colaboración, pero actúa desde la competencia o penaliza el error, transmite un mensaje contradictorio. En cambio, la coherencia entre discurso y práctica convierte al docente en un referente formativo de alto impacto. Este modelamiento cotidiano enseña trabajo en equipo, resiliencia y ética profesional mucho más que cualquier declaración institucional.

Formar profesionales íntegros en Chile exige dejar atrás la ficción del éxito individual y avanzar hacia comunidades formativas donde la colaboración, el apoyo mutuo y la coherencia pedagógica sean experiencias vividas. Si queremos profesionales capaces de trabajar en equipo, gestionar la incertidumbre y aprender de sus errores, debemos ofrecerles algo más que exigencia académica: debemos ofrecerles proyectos colectivos de formación.

 

 

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