La intervención de Estados Unidos reordena la economía regional y desafía a Chile

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Por: Manuel Chong Fuentes. Economista y docente de Ingeniería Comercial Universidad Andrés Bello.

El derrocamiento de Nicolás Maduro en Venezuela por parte del ejército estadounidense representa un punto de inflexión geopolítico para América Latina. Más allá del cambio de poder en Caracas, esta intervención revela la intención de Washington de contrarrestar la influencia china tras años de incursión de Pekín. América Latina vuelve a ser escenario de la rivalidad global.

Un motor evidente de esta jugada es la energía. Asegurar las más grandes reservas de petróleo del mundo, que se encuentran en Venezuela, es una inversión a largo plazo. Aunque hoy su producción es baja, Washington mira más allá del corto plazo, quiere acceso a ese crudo durante décadas. Para explotar ese tesoro se requerirá inversión.

El aumento de la producción petrolera en América Latina beneficiaría a los países importadores netos, como Chile y Perú. Un incremento en las exportaciones de Venezuela y Colombia ejercería una presión a la baja sobre los precios del crudo, lo que disminuiría los costos energéticos, moderaría la inflación y potenciaría la competitividad de las áreas intensivas en energía y transporte. En economías abiertas, estos efectos se trasladan con rapidez a los precios internos, la actividad productiva y las cuentas externas.

Este movimiento da una estrategia de reconfiguración productiva, el nearshoring, es decir, traer manufactura de vuelta al continente para reducir la dependencia de Asia. En este escenario, no es improbable que Estados Unidos promueva incentivos tributarios y regulatorios para beneficiar las inversiones de sus empresas en América Latina. Simultáneamente, una política comercial más agresiva podría resultar en mayores exigencias arancelarias para producción china instalada en terceros países.

La geopolítica está promoviendo una reconfiguración productiva a nivel regional. Para Estados Unidos, Latinoamérica es más que una fuente de recursos; también es un vínculo para nuevas cadenas industriales. Litio y cobre, claves en la transición energética, pasan a tener valor estratégico; mejor obtenerlos aquí que depender de proveedores lejanos. Asimismo, la cercanía y los menores costos facilitan reubicar fábricas en la región. Desde baterías hasta autopartes, la región tiene la oportunidad de ganar valor agregado si logra ofrecer infraestructura, talento y estabilidad.

Chile se enfrenta oportunidades y dilemas. Por un lado, podría salir beneficiado una energía importada más barata aliviaría a hogares y empresas, y su estabilidad institucional y riqueza minera pueden atraer inversiones frescas. Por el otro lado, está el equilibrio. China es nuestro mayor socio comercial, y alinearse demasiado con Washington podría incomodarlo.

La lección del caso venezolano es que economía y geopolítica van de la mano. Los reordenamientos abruptos no son neutros, generan ganadores y perdedores y redefinen los márgenes de acción de los países intermedios. Chile debe actuar con pragmatismo y visión estratégica, reforzar su seguridad energética, recibir inversiones con criterio y afinar su diplomacia económica para no rezagarse. En un mundo en transformación, hay que convertir los vientos de cambio en oportunidades de desarrollo y no en amenazas para el bienestar.

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