Por: Francesca Machiavello Narváez Académica Facultad Ciencias de la Vida U. Andrés Bello, sede Concepción
Este año, las precipitaciones y otros fenómenos anómalos que han afectado a nuestro país han vuelto a poner en discusión los riesgos a los que están expuestos nuestros territorios.
Después de periodos marcados por el déficit hídrico, en el centro-sur de Chile hemos observado lluvias abundantes, suelos saturados, anegamientos y episodios de remociones en masa. Sin embargo, con la llegada de la primavera y la proximidad del verano, podría parecer que esos riesgos quedan atrás. No necesariamente es así.
El territorio guarda, de alguna manera, la memoria de lo ocurrido durante los meses anteriores. Las precipitaciones prolongadas modifican la humedad de los suelos, alimentan cursos de agua y humedales, y favorecen también el crecimiento de la vegetación. Sus efectos, por lo tanto, pueden extenderse bastante más allá del último día de lluvia.
En zonas de ladera, por ejemplo, la estabilidad del terreno depende de múltiples factores, tales como la pendiente, el tipo de suelo, la cobertura vegetal, la intervención humana y la cantidad e intensidad de las precipitaciones. Cuando el suelo contiene mucha agua, puede perder estabilidad y aumentar la posibilidad de remociones en masa. En áreas urbanas, a esto se suman modificaciones de las pendientes, cortes de terreno, caminos y construcciones que pueden alterar el comportamiento natural de las laderas.
Pero al avanzar hacia el verano aparece otra transformación. La vegetación que creció favorecida por las lluvias de invierno y primavera comienza a perder humedad a medida que aumentan las temperaturas y disminuyen las precipitaciones. Pastos y vegetación fina que hoy vemos verdes pueden convertirse posteriormente en material seco y combustible.
Esto no significa que un invierno lluvioso determine necesariamente un verano de grandes incendios. Para que estos ocurran y se propaguen intervienen muchos otros factores, entre ellos las altas temperaturas, la baja humedad, el viento, las características de la vegetación y, por supuesto, el inicio del fuego, generalmente asociado a la acción humana. Sin embargo, las condiciones que deja una estación pueden influir en los riesgos que enfrentaremos durante la siguiente.
En una región como el Biobío esto adquiere especial relevancia. Tenemos ciudades que conviven estrechamente con cerros, quebradas, humedales, cursos de agua, bosques, plantaciones y áreas rurales. El mismo territorio que durante el invierno puede ser vulnerable frente a inundaciones o movimientos de ladera puede presentar durante el verano condiciones favorables para la propagación del fuego.
Por eso, quizás el desafío no sea prepararnos cada temporada para un riesgo distinto, sino comprender que forman parte de un mismo territorio dinámico. Las lluvias terminarán y llegará el verano, cambiarán las temperaturas, la humedad y el paisaje, pero el riesgo no desaparece con el cambio de estación, sino que se transforma.











