“Santiago antes de Santiago”

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Por: José Pedro Hernández Historiador y académico Universidad de Las Américas

Durante siglos nos enseñaron una escena casi épica: Pedro de Valdivia llegando al valle del Mapocho y, en un gesto fundacional, levantando Santiago el 12 de febrero de 1541 sobre una tierra prácticamente vacía, apenas habitada por “Picunches” dispersos. Una ciudad nacida de la nada, como si el territorio hubiese estado esperando la bandera y el acta solemne de la corona española.

Pero la historia, como suele ocurrir, es más compleja y bastante más interesante.

Santiago, al igual que la mítica Troya, fue construida sobre otra ciudad. Bajo la actual Plaza de Armas y el damero colonial existía un asentamiento incaico con infraestructura sofisticada, la que contaba con sistemas de acequias que conducían el agua con precisión, espacios administrativos, áreas ceremoniales y edificios públicos conocidos como “kallankas”. No hablamos de un campamento improvisado, sino de un centro urbano con funciones agrícolas, religiosas y políticas.

Ese enclave formaba parte de la expansión del Tawantinsuyo hacia el sur. El valle del Mapocho no era un punto aislado, sino un territorio integrado a una red mayor. El paisaje estaba sacralizado mediante “guacas”, lugares sagrados como el cerro El Plomo, la quebrada de Ramón o el cerro Chena. Allí se realizaban ceremonias, banquetes y rituales destinados a reforzar la lealtad de las comunidades locales. Las piezas de cerámica ceremonial halladas en el subsuelo de Santiago son testimonio silencioso de esa vida intensa.

El asentamiento también habría tenido carácter de pucará, una fortaleza, lo que sugiere tensiones y resistencias de los grupos locales frente al dominio Inca. Es decir, el valle ya conocía el poder, la organización y también el conflicto, mucho antes de la llegada española.

Cuando Valdivia arribó tras once meses de travesía desde el Cuzco, no encontró un paraje deshabitado ni un lienzo en blanco. Encontró caminos trazados, canales de regadío en funcionamiento y edificaciones en pie. Y, con pragmatismo más que romanticismo, aprovechó esa base. En la actual Plaza de Armas, estaba la kallanka norte que habría servido como su residencia; otra fue utilizada por la Iglesia para instalar su templo principal. Con el tiempo, muchas de estas construcciones fueron desarmadas y sus piedras reutilizadas en casas, solares e iglesias coloniales. La nueva ciudad fue literalmente levantada con los restos de la anterior.

Reconocer esto no resta mérito al proceso fundacional español; lo enriquece. Nos obliga a mirar Santiago no como un punto de partida, sino como una superposición de historias. La capital no nació del vacío, creció sobre cimientos indígenas que durante siglos permanecieron ocultos bajo la versión oficial.

Hoy, gracias a la arqueología y a nuevas miradas historiográficas, comenzamos a redescubrir esa ciudad enterrada. Y tal vez lo más fascinante no sea solo saber que estuvo allí, sino entender que nuestra identidad urbana es el resultado de capas sucesivas, de encuentros y tensiones, de continuidades más que de comienzos absolutos.

Santiago no fue el inicio de la historia del valle. Fue apenas un nuevo capítulo escrito sobre páginas mucho más antiguas.

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