Por: Carmen Gloria Garrido, directora de la escuela de Educación, Universidad Andrés Bello.
¿Hay que preparar a los niños para entrar al colegio? La pregunta, que suele formularse con la mejor de las intenciones, arrastra una sospecha: que la escuela es un territorio hostil al que se llega solo si se está entrenado, adaptado, regulado. Como si la infancia, en su estado más propio, no fuera suficiente. Como si antes de cruzar la puerta del aula hubiera que cumplir una lista de requisitos: saber sentarse, seguir horarios estrictos, tolerar pantallas, obedecer rutinas ajenas, responder a expectativas que muchas veces no han sido pensadas para ellos, sino sobre ellos.
En torno al ingreso escolar se construye un discurso de preparación que termina pareciéndose más a un adiestramiento que a un acompañamiento. Se habla de horarios, levantarse a tal hora, comer a tal otra, como si el tiempo infantil fuera un problema a corregir. Se regulan las pantallas con la lógica del rendimiento futuro, no del sentido presente. Se entregan indicaciones a los niños, pero también a los padres, como si la familia completa debiera alinearse a una maquinaria que no admite desvíos. En ese gesto, la escuela deja de ser una promesa y se vuelve una prueba.
Tal vez habría que invertir la pregunta. No si los niños están listos para la escuela, sino si la escuela está dispuesta a recibir a los niños tal como son: curiosos, inquietos, desordenados, atentos por momentos, distraídos en otros, profundamente sensibles al mundo. La infancia no necesita ser apurada. No requiere ser corregida antes de tiempo. Necesita tiempo. Tiempo para jugar sin objetivos, para aburrirse, para conversar sin apuro, para mirar. El tiempo libre no es un lujo previo a la escolarización; es la materia prima de toda experiencia de aprendizaje.
Preparar a un niño para la escuela no debiera significar adelantarle la escuela en casa. No convertir el hogar en una antesala de exigencias. Tal vez preparar sea algo mucho más sencillo y, a la vez, más profundo: hablar de la escuela. Nombrarla, como un lugar de encuentro, de preguntas, de descubrimiento. Contarla no como un espacio de restricción permanente, sino como un lugar donde se estudia el mundo junto a otros. Donde se conversa, se observa, se prueba, se falla, se vuelve a intentar.
La escuela, cuando es fiel a su sentido, no exige que el niño se adapte a ella como quien entra a un sistema cerrado. La escuela abre un paréntesis en el tiempo cotidiano para mirar las cosas con otros. Por eso, más que preparar, habría que cuidar la transición. Hacerla natural. Caminarla sin dramatismo. Dejar que el ingreso al colegio sea una continuidad de la vida, no una ruptura.
Quizás el verdadero gesto preparatorio no sea enseñar normas anticipadas, sino cultivar la confianza. Confianza en que el niño sabrá habitar ese nuevo espacio si se le ofrece hospitalidad. Confianza en que aprender no es cumplir instrucciones, sino entrar en relación con el mundo. Y confianza, también, en que la escuela puede y debe, estar a la altura de la infancia, y no al revés.











